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Desencandenando Ecosistemas: Individualismo versus Colectivismo

13 May 2014

Por Mario Reyes S., Gerente de Research de P3 Ventures | Twitter:@marioreyes_scl | email: mreyes@p3-ventures.biz

 

Un estudio reciente de la revista Science indica que aquellas sociedades que fueron forjadas, durante milenios, por el cultivo del arroz –la mayoría de los países del este de Asia-, presentan una mentalidad más cercana al colectivismo y una visión holística, en contraste con sociedades como las europeas, forjadas en el cultivo del trigo, y que presentan una mentalidad individualista –según la cual, los sujetos se ven a si mismos como autónomos, con menores ataduras y responsabilidades hacia quienes los rodean. En las sociedades colectivistas los individuos tienden al conformismo, al respeto a las jerarquías, el orden familiar y la tradición. Sociedades donde privilegian valores individualistas, por el contrario, privilegian la autonomía, valoran las diferencias y promueven la expresión de los deseos, preferencias y ambiciones individuales. A nivel organizacional, los valores colectivistas facilitan la colaboración, al tiempo que suprimen o gestionan más eficazmente el conflicto. En cambio, cuando las organizaciones operan con valores individualistas, optan por sistemas de incentivos individuales, enfatizan la competencia y tienen mayores dificultades garantizando la cooperación.

 

¿Pueden las diferencias culturales explicar las diferencias en el desempeño emprendedor e innovador? ¿Cuáles son los atributos culturales que explican este desigual desempeño? ¿Están las actitudes colectivistas o individualistas asociadas a la productividad de un llamado “ecosistema emprendedor”?

 

El emprendimiento innovador se ha asociado, durante mucho tiempo, a un paradigma individualista. Hasta hace muy poco, solo con la emergencia del concepto de “ecosistema de emprendimiento”, hemos podido trascender una mirada individualista del emprendimiento y la innovación. El economista austríaco Joseph Schumpeter fue uno de los pioneros en presentar una descripción del perfil del emprendedor, descrito como una figura disruptiva y movilizadora de procesos de “destrucción creativa”. Durante décadas fue imposible escapar de esta mirada, centrada principalmente en las características distintivas del sujeto innovador o emprendedor

 

La representación biográfica y cinematográfica, y la subsecuente idealización de figuras empresariales como Steve Jobs, nos lleva a una visión valiosa, pero parcial de como ocurre la innovación. Dejando de lado sus atributos personales –que sin dejar de ser excepcionales, se pueden encontrar en individuos de cualquier grupo humano-, es indudable que Jobs fue capaz de rodearse de talentos excepcionales, y vivió en un momento y contexto social donde tenía acceso a un stock de innovaciones único en el mundo. Muchas de estas innovaciones eran además de acceso público, al haber sido desarrolladas con recursos del gobierno estadounidense –como bien señala Mariana Mazzucatto[1]. Jobs también experimentó el legado de la contracultura de los sesentas,  caracterizada por una ideología inconformista, abierta a la experimentación, que si bien se mostraba receptiva a los sistemas de creencias orientales, al mismo tiempo encarnaba un fuerte espíritu hedonista propio de occidente y receptivo a los adelantos de la ciencia y tecnología –manifiesto en líderes de opinión como Timothy Leary (el promotor del uso de drogas psicodélicas) o Marshall McLuhan.

 

Daniel Isenberg, de Babson College, recae en este mismo punto ciego[2]. Isenberg es uno de los promotores de un enfoque de ecosistema, aunque lo suyo es una visión individualista de los mismos, donde la figura del emprendedor tiene un peso mayor que la del contexto que lo hace posible. No es una visión del todo equivocada, pero posiblemente incompleta. Podemos estar de acuerdo en que existe un perfil de individuos, que en cualquier parte del mundo, va a tener una predisposición única a “nadar contra la corriente” y apostar por oportunidades que el resto del mundo no es capaz de apreciar –Isenberg proporciona varios ejemplos en su libro. La mayoría de la gente no presenta estos atributos –de allí la excepcionalidad de innovadores y emprendedores-, la mayoría no recoge esas señales, sino que más bien sigue la corriente e imita las tendencias cuando estas ya son visibles. Una de las principales aptitudes del ser humano es su capacidad imitativa. La innovación requiere tanto de experimentadores, como de una riqueza de vínculos que faciliten la rápida de difusión de los experimentos exitosos. Más aún, la innovación debe ser propiciada y facilitada por un entorno donde el experimentador –innovador o emprendedor –pueda poner a prueba su visión, y pueda conectarse con otros individuos –y con acceso a recursos -que le permitan plasmar y perfeccionar esta visión.

 

La innovación, como señala Alex Pentland del MIT[3], requiere de entornos sociales donde haya interconexiones diversas, que garanticen la eficacia en el flujo de información. Que exista solidaridad interna, pero al mismo tiempo hayan fuertes interconexiones con un entorno, ojalá lo más heterogéneo posible.

 

El emprendedor –como lo describe Isenberg, no el pequeño empresario, sino aquel que explota oportunidades únicas, con ambición de crecer- y el innovador son figuras que nunca serán mayoritarias. Pero podemos generar entornos más propicios a la experimentación, donde el costo de fallar sea menor. Y podemos hacernos cargo de los sesgos en que recaen aquellas personas con una predisposición emprendedora, como el exceso de confianza y el sesgo de confirmación, que les impide anticipar y reaccionar ante la inminencia del fallo.

 

Finalmente, es en el concepto de “Rainforest” o “bosque lluvioso” donde vemos una descripción de ecosistemas emprendedores y de innovación que deja de lado una visión estrechamente individualista. Este enfoque –representado por Victor Hwang y Greg Horowitt[4] –enfatiza que, a diferencia de cómo entiende la innovación la economía neoclásica, se requiere de capital social y motivaciones altruistas para reducir costos de transacción. No basta con lo que ellos denominan el “hardware”: infraestructura, capital humano, capital financiero y un marco normativo favorable; también es necesario contar con un “software” apropiado, construido en base a confianza, capital social, redes sociales y normas compartidas que propicien intercambios de beneficio mutuo (“win-win”). Cuando en un entorno predomina un individualismo que no tiene contrapeso en valores altruistas ni en la construcción de un entorno de confianza, de apertura y de transparencia, lo que se propicia es un individualismo rapaz, caracterizado por la desconfianza, la corrupción y la competencia desleal.

 

¿Qué ocurre al respecto en América Latina? Según el World Values Survey(el principal estudio comparativo sobre valores que se realiza a nivel mundial), nuestro subcontinente, en su mayoría, está todavía marcado por valores tradicionales, presentando un colectivismo más débil que el asiático. La familia y los vínculos sociales que se construyen a partir de la familia, tienen preeminencia y limitan nuestras esferas de confianza. A diferencia de los asiáticos –quienes extienden la confianza hacia todo un colectivo nacional, étnico u organizacional -, a los latinoamericanos nos resulta más difícil extender la confianza social más allá del vínculo familiar, o de quienes “hacemos parte de nuestra familia”, por pertenecer a círculos pequeños –la pertenencia a un colegio o universidad. Confiar en desconocidos es un tabú para los latinoamericanos.

Junto con esta marcada falta de confianza, la existencia de “hoyos estructurales” o falta de vínculos entre quienes pertenecen a distintos “mundos pequeños”, dificulta la difusión de aprendizajes, el acceso a recursos y la posibilidad de compartir y perfeccionar ideas. A los emprendedores les dificulta el acceso a mercados, financiamiento, la posibilidad de poner a prueba sus productos y servicios, o de explorar las necesidades de nuevos segmentos de clientes. Abrir conversaciones es un imperativo, generar espacios de encuentro que posibiliten nuestros horizontes de acción. Siempre y cuando en estos espacios exista diversidad, ya que es en la diversidad de donde se dan los espacios de diálogo creativos y enriquecedores. Es un imperativo que logremos derribar las barreras sociales que  impiden estos encuentros.

 

¿Cómo respondemos las preguntas planteadas al inicio del artículo? Una mirada individualista es incompleta, ya que nos impide darnos cuenta de que la innovación y el emprendimiento innovador necesitan interdependencias bien consolidadas. Pero, al mismo tiempo, hemos de ser capaces de estimular el despliegue de la excepcionalidad, la diversidad, el no conformismo, así como el desarrollo de talentos múltiples, únicos y complementarios.

 

[1] Ver “The Entrepreneurial State: Debunking Public vs. Private Myths in Risk and Innovation” (Anthem Press, 2013).

 

[2] Ver su libro “Worthless, Impossible and Stupid: How Contrarian Entrepreneurs Create and Capture Extraordinary Value”, Daniel Isenberg (Harvard Business Review Press, 2013).

 

[3] Ver “Social Physics: How Good Ideas Spread-The Lessons from a New Science”, Alex Pentland (The Pinguin Press, 2014).

 

[4] Ver “The Rainforest: The Secret to Building the Next Silicon Valley”, Victor Hwang y Greg Horowitt (Regenwald, 2012).

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